Fiestabrava
La Plaza Real
   
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TOROS
Abaniquero
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Veamos la reseña o el ejemplo de un corrida suspendida: Con fecha (08-07-1883), cuando ya se han celebrado dos corridas en la Plaza Real, los carteles anunciaron la inauguración de una “nueva Empresa”, que había tomado el circo portuense en subarriendo. La tercera corrida de la temporada de 1884 fue anunciada también como organizada por una “nueva empresa”, que al parecer sólo celebró aquel espectáculo, ya que la anunciada para el 31 del siguiente mes figura presentada por una “nueva Empresa, distinta y ajena por completo a las que anteriormente han tenido a su cargo el hermoso circo taurino de esta ciudad”…, mucho más hermoso cuando se compara con la sucia labor de muchos de los empresarios que la rigieron, pues muy mal quedaron todos con la afición -¡y siguen quedando!- cuando tanto interés demuestran los últimos empresarios en no ser confundidos con sus ilustres antecesores.
Pues bien, la nueva Empresa -¡vaya cómo comenzó!- contrató a Fernando Gómez (Gallo) y a Rafael Guerra (Guerrita) que debían alternar en un mano a mano en la Plaza Real la tarde del (31-08-1884), lidiando seis toros de D. Eduardo Ibarra, que previamente fueron reconocidos por los profesionales veterinarios en el rancho Viruela, pero la corrida fue suspendida, porque el resultado del referido reconocimiento de los toros fue el siguiente:.
1º Portugués, con el nº 7, negro, astillado del derecho, aunque bien puesto de cornamenta, tenía fracturada la tibia de la extremidad anterior derecha, presentando una manifiesta claudicación. 2º Abaniquero, caído o gacho del derecho, estaba marcado con el número 12. 3º Castillejo, negro bragado, brocho, marcado con el número con una herida abdominal en la parte ínfero posterior izquierda. 4º Borrero, cárdeno, bragado, bien puesto, con el número 49, era tuerto del derecho. 5º Merino, de pelaje negro, con el número 61 y bien encornado. 6º Pacheco, castaño ojinegro, con el nº 17 y cornipaso. 7º Viñadero, negro, con el número 7 y bien puesto. Castillejo y Borrero fueron desechados por sus defectos físicos. Pacheco por defectuoso de cuerna y Merino por su escasa edad y desarrollo, no contando con las condiciones reglamentarias. Firmaron los veterinarios D. Manuel Prada y D. Francisco Cebrián.
El día anterior de la corrida, es decir, el 30, el Alcalde de El Puerto envió un telegrama al Gobernador, en los términos siguientes: “Acabo de recibir el Certificado de los veterinarios que han verificado el reconocimiento de los toros por la mañana, que dice: …que si bien no reúnen condiciones de primer orden para la lidia, juzgan reasumiendo que pueden considerarse aceptables para ellos. Suplico a V. E. me ordene con toda urgencia si suspendo la corrida o no, consultando si le parece el Reglamento; pues según dicho dictamen no reúnen las condiciones reglamentarias.
El Gobernador le contestó en el sentido de que suspendiera la corrida y que lo anunciase con un edicto, como así lo hizo el Alcalde: EDICTO: El Alcalde de esta ciudad hace saber: Que resultando del reconocimiento pericial practicado por los veterinarios que se designaron al efecto, que los toros que debían correrse en el día de mañana; de ellos, cinco son de desecho y no reúnen por lo tanto las condiciones reglamentarias para la lidia, queda en suspenso la celebración de dicha corrida conforme a los resuelto por la Autoridad Superior de esta provincia a quien he consultado acerca de ello en cumplimiento de mi deber, todo en evitación del conflicto que en otro caso pudiera ocurrir, atendidas las consideraciones antes expuestas. Puerto de Santa María, 30 de Agosto de 1884. Francisco Miranda. Secretario.
Fue una lástima, pues el espectáculo prometía ser interesante: los seis toros iban a ser lidiados por El Gallo y el Guerra, especificándose bien claramente en el programa: “… ambos con obligación de poner banderillas a dos toros.”El aliciente de ver colocar las banderillas al maestro y al peón, en un mano a mano, un tanto forzado estaba en esta ocasión superado por otro menos visto en los ruedos españoles de 1884: Rafael Guerra (Guerrita), actuando como espada. No pudo ser entonces, y la afición quedó defraudada. Pero tiempo tendría, para conocer las tardes de gloria y maestría del nuevo califa que venía pegando. De aquel entonces extraordinario banderillero que oscurecía los nombres de los más consagrados matadores de toros de la Época de Oro.

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